En invierno, casi sin darte cuenta, tenés ganas de un guiso, un chocolate caliente o una pizza recién salida del horno. Y aunque parezca sólo una cuestión de costumbre, sentir más hambre cuando bajan las temperaturas tiene una explicación biológica concreta. Y entenderla te ayuda a atravesar los meses fríos sin caer en excesos. 🍲
Tu organismo necesita mantener la temperatura interna en torno a los 36,5 °C. Cuando hace frío, activa distintos mecanismos para lograrlo. Ese proceso se llama termorregulación.
En situaciones de exposición al frío, esto puede aumentar el gasto energético y generar una mayor necesidad de “combustible”. Sin embargo, en la vida cotidiana, el impacto suele ser moderado porque pasamos gran parte del tiempo en ambientes calefaccionados y usamos ropa de abrigo.
Aun así, el invierno puede influir en nuestros hábitos y en la percepción del hambre, haciendo que busquemos comidas más abundantes o reconfortantes.
En invierno hay menos horas de luz natural, lo que se puede traducir en cambios en el estado de ánimo y en algunos mecanismos relacionados con el apetito, ya que bajan los niveles de serotonina, el neurotransmisor asociado al bienestar. Diversas investigaciones sugieren que los alimentos ricos en carbohidratos generan una sensación temporal de bienestar al participar en procesos vinculados con la producción de serotonina.
Por eso es común que aparezcan más ganas de consumir pastas, panificados, chocolate y dulces. No es falta de voluntad: es química.
Más allá de los cambios fisiológicos, hay un componente cultural y social que influye en nuestra alimentación durante el invierno:
Las comidas calientes dan sensación de confort y bienestar en días grises.
Los platos elaborados se asocian con encuentros familiares y reuniones con amigos.
La falta de actividad al aire libre hace que pasemos más tiempo cerca de la cocina y la mesa.
Todo eso se combina y refuerza la sensación de que en invierno comemos más.
No se trata de pelear contra el hambre, sino de responder con buenas elecciones que den saciedad y aporten nutrientes:
Sumá sopas y caldos caseros: aportan calor y saciedad con pocas calorías. Conocé los alimentos clave para la temporada de frío en esta nota.
Apostá a guisos con vegetales y legumbres: son ricos, y aportan vitaminas, minerales y fibra.
No te saltees comidas: pasar mucho tiempo sin comer puede aumentar el apetito y favorecer elecciones impulsivas más tarde.
Hidratate: en invierno tomamos menos agua, pero el cuerpo sigue necesitando líquidos y a veces la deshidratación puede confundirse con hambre. Conocé tips para hidratarte durante la temporada de frío en esta nota.
Mantenete en actividad: la actividad física regula el apetito y mejora el ánimo.
Permitite disfrutar: Una alimentación equilibrada también contempla los gustos personales. La clave está en la moderación y no en la prohibición absoluta.
Sentir más ganas de comer durante el invierno es una respuesta influenciada por factores biológicos, emocionales y culturales. El frío, la menor exposición a la luz solar y la búsqueda de confort hacen que muchas personas prefieran comidas más abundantes y reconfortantes en esta época del año. La mejor estrategia es responder a estas señales con opciones nutritivas, mantener una buena hidratación y sostener hábitos que permitan disfrutar del invierno con energía y bienestar.