Cuando el frío se instala, lo primero que hacemos es buscar bebidas calientes y a la par, dejamos de prestar atención a la hidratación. Un buen café, un té o unos mates son la compañía perfecta, pero en esa rutina solemos dejar de lado a la protagonista indiscutida de la salud: el agua.
En invierno, la sensación de sed disminuye muchísimo, sin embargo, el organismo sigue necesitando líquidos para cumplir ciertas funciones esenciales como: regular tu temperatura corporal, transportar nutrientes, eliminar desechos y mantener el funcionamiento adecuado de órganos y tejidos. Hoy te contamos por qué no tenés que descuidar tu hidratación en los meses más fríos y cómo lograrlo.
Es fácil entender por qué necesitamos agua en pleno verano, pero en invierno hay factores "invisibles" que favorecen la pérdida de agua sin que nos demos cuenta:
La calefacción: los ambientes cerrados y muy calefaccionados resecan el aire. Esto puede hacer que perdamos humedad a través de la piel y la respiración.
Menor percepción de necesidad: las bajas temperaturas hacen que los vasos sanguíneos se contraigan para conservar el calor. Al no transpirar tanto como en verano, muchas personas tienden a creer que no necesitan reponer líquidos, pero el organismo sigue necesitándolos.
El vapor al respirar: ¿viste cuando salís a la calle con frío y sale "humito" de tu boca? Esa es agua de tu cuerpo que se está evaporando en el aire seco.
Como no vas a sentir esa sed desesperante del verano, tenés que prestarle atención a otras señales que te da el organismo cuando le falta líquido:
Piel seca, tirante o escamada.
Boca seca.
Labios agrietados.
Dolor de cabeza leve pero constante.
Cansancio o falta de concentración durante el día.
Orina de color amarillo oscuro y en menor cantidad (el indicador más claro de todos).
Si estos síntomas persisten o son intensos, es importante consultar con un profesional de la salud.
Si tomarte un vaso de agua fría en pleno junio te da escalofríos, no te preocupes. Hay muchas formas de sumar líquidos a tu día a día:
Tener agua disponible: evitá el agua de la heladera. Tené siempre una botella a mano en tu escritorio o en la mesa, pero dejala a temperatura ambiente para que sea más fácil de tomar.
Elegir el agua como bebida principal y complementar con otras: las infusiones, el mate, el té y el café aportan líquido, pero no reemplazan al agua pura, que sigue siendo la mejor opción para una hidratación correcta. Disfrutalos, pero intercalalos con vasos de agua.
Incorporar sopas y caldos: son los reyes del invierno. Una buena sopa de verduras casera no solo te calienta el cuerpo, sino que te aporta una gran cantidad de agua y nutrientes.
Consumir frutas y verduras de estación: cítricos como naranjas, pomelos, peras o mandarinas, y vegetales como acelga, espinaca y zapallo también son una excelente forma de "comer" agua.
Crear rutinas: tomar agua al levantarte, durante las comidas o en pausas de la jornada puede ayudar a sostener una hidratación adecuada sin depender de la sensación de sed.
Las necesidades de hidratación varían según la edad, el nivel de actividad física, el estado de salud y las condiciones ambientales. Como referencia general, los adultos suelen necesitar alrededor de 2 a 2,5 litros de líquidos por día provenientes de bebidas y alimentos. Sin embargo, algunas personas pueden requerir cantidades mayores o menores según sus características y condiciones de salud.
Tomar agua de forma regular, consumir frutas y verduras, incorporar sopas y mantener hábitos saludables son estrategias simples que ayudan a cuidar la salud durante los meses más fríos del año.