Todos, alguna vez, nos vimos al espejo y encontramos algo que no nos gusta. No se trata de vanidad ni de querer verse “perfecto”. Pero cuando esa preocupación ocupa demasiado tiempo, genera sufrimiento o empieza a limitar la vida cotidiana, puede ser señal de un problema de salud mental que tiene tratamiento.
Es un trastorno de salud mental caracterizado por una preocupación intensa y sostenida por uno o más aspectos de la apariencia que la persona percibe como defectos, aunque suelen ser mínimos, no evidentes para los demás o directamente inexistentes. Quienes lo atraviesan pueden sentir mucha vergüenza y ansiedad, chequearse frente al espejo durante muchas horas al día o compararse constantemente con otros.
Además, suelen aparecer conductas repetitivas para intentar aliviar esa preocupación, como mirarse muchas veces al espejo, compararse con otras personas, buscar constantemente aprobación o tranquilidad, maquillarse o vestirse para ocultar aquello que genera malestar.
No se trata de vanidad ni de una preocupación superficial: es un trastorno que causa un sufrimiento real y no es culpa de quien lo padece.
La exposición cotidiana al propio reflejo en cámaras, videollamadas y redes sociales cambió la manera en que muchas personas se relacionan con su imagen. El uso de filtros, las fotografías editadas y la exposición constante a determinadas imágenes pueden favorecer, además, la comparación con otras personas y aumentar la preocupación por la apariencia en algunas personas.
Sin embargo, las redes sociales no son por sí solas la causa del trastorno dismórfico corporal. Este es un problema complejo en el que intervienen distintos factores biológicos, psicológicos y ambientales.
Asimismo, la Sociedad Argentina de Pediatría advierte que el uso intensivo de redes sociales por parte de los adolescentes, sin acompañamiento adulto ni límites claros, puede favorecer una imagen corporal distorsionada e impactar en la autoestima.
No existe una causa única. Puedea parecer por la combinación de varios factores, entre ellos:
Predisposición individual y familiar: antecedentes del trastorno o de otros trastornos obsesivo-compulsivos.
Experiencias personales: burlas en la infancia, rechazo, abuso, negligencia u otros eventos negativos vinculados a la apariencia.
Rasgos de personalidad: perfeccionismo, autocrítica y rigidez en la autopercepción.
Presión social: expectativas sobre la belleza y sobreexposición a estándares poco realistas.
Otras condiciones: cuadros previos de ansiedad o depresión.
⚠️ Es importante aclarar que tener alguno de estos factores no significa que una persona vaya a desarrollar el trastorno.
No todas las personas presentan los mismos síntomas. Algunas señales frecuentes son:
Preocupación extrema por un defecto que otras personas no perciben o consideran menor.
Chequeo compulsivo frente al espejo, cámaras u otras superficies que reflejan.
Intentos constantes de disimular el supuesto defecto con maquillaje, ropa o posturas.
Comparación permanente con otras personas.
Evitación de situaciones sociales, momentos o fotos donde el cuerpo queda expuesto.
Consultas reiteradas por tratamientos estéticos, dermatológicos u odontológicos, sin lograr una satisfacción sostenida.
Buscar repetidamente la opinión o la tranquilidad en otras personas.
La señal más importante no es qué parte del cuerpo preocupa, sino cuánto sufrimiento genera esa preocupación y cuánto interfiere en la vida cotidiana.
Cuando estas conductas son intensas y prolongadas, y empiezan a limitar la vida diaria, es momento de consultar.
Una preocupación por la apariencia merece atención profesional cuando se vuelve difícil de controlar, ocupa mucho tiempo, provoca un malestar importante o lleva a evitar personas, lugares y actividades.
También es recomendable consultar cuando la persona realiza cada vez más conductas para comprobar, ocultar o modificar aquello que le preocupa y aun así no consigue sentirse mejor.
En adolescentes, los cambios en el comportamiento pueden ser una señal para prestar atención: aislamiento, abandono de actividades, preocupación excesiva por las fotografías o el aspecto físico, o un aumento marcado de las comparaciones pueden justificar una conversación y, si es necesario, una consulta profesional.
Un profesional de salud mental es quien puede evaluar cada caso y proponer un abordaje adecuado.
El cuerpo no es un problema por resolver. Cuando lo que se ve al espejo empieza a causar dolor, buscar ayuda es el primer paso para reencontrarse con lo que realmente hay del otro lado del reflejo.
Si alguien de tu entorno cercano expresa una preocupación intensa por su apariencia, evitá frases como “no tenés nada”, “estás exagerando” o “dejá de mirarte”.
Aunque la preocupación pueda parecer incomprensible desde afuera, el sufrimiento es real.
Escuchar sin juzgar, preguntar cómo se siente y acompañar a la persona a buscar ayuda profesional puede ser mucho más útil que intentar convencerla repetidamente de que su apariencia está bien.
El trastorno dismórfico corporal puede asociarse con ansiedad, depresión, aislamiento y un deterioro importante de la calidad de vida. En algunas personas también puede aparecer ideación suicida.
Por eso, si una persona expresa que no quiere vivir, que quiere hacerse daño o que no encuentra una salida a su sufrimiento, no debe quedarse sola: es importante buscar atención de urgencia y recurrir de inmediato a los servicios de emergencia o de salud disponibles en su lugar de residencia.
El trastorno dismórfico corporal tiene tratamiento. Buscar ayuda, o acompañar a alguien a buscarla, puede hacer una diferencia real.